Otra vez soñé con Celia. De nuevo sentí su dulce voz en mi cabeza, el roce de su mano en mi mejilla, el aroma de su piel... cada vez faltaba menos para que eso se haga realidad.
Tuve muchos problemas para dormir esa noche, habíamos planeado esto por tanto tiempo que era increíble que se volviese realidad. El insomnio me hizo dar vueltas y vueltas en mi cama, hasta que al fin vi el sol asomarse por mi ventana. La espera había acabado.
Ese sería el día en que Celia y yo escaparíamos. Correríamos lejos de todos los que sólo buscaban separarnos, lejos de su familia, que nos separó hacia más de 2 años.
Habíamos acordado encontrarnos en mi casa, Celia iba a venir a las 4 de la tarde. Ella traería un dinero que cobró a modo de indemnización por un accidente que tuvo hace unos meses, además recaudaríamos los ahorros de cada uno. Nunca estuve tan ansioso, tenía que preparar un bolso, poner ropa, quizás algo de comida para el viaje. La organización no es lo mío, ella lo hacía mejor.
Necesitábamos un transporte, Celia me envió parte del dinero para comprar una motocicleta. Todo efectivo, para no dejar rastros. Ya teniendo transporte, me dediqué a hacer algunas compras de último momento. Volví a casa y esperé.
La última hora fue la peor, sufí cada minuto de ella, hasta que el timbre sonó. Era ella, hermosa como siempre. Su tez blanca, con sus mejillas perfectamente maquilladas con rubor, sus labios levemente pintados pero con un brillo único y sus ojos color miel mirándome. Me sentí como antes, me sentí encantado... la amo.
Me abrazó y sentí su calor, sentí su corazón agitado latiendo rápidamente.-Al fin estamos juntos- pensé. Pero tanta alegría no me preparó para lo que vendría.
Rompió en llanto. Celia no paraba de llorar, decía que no quería irse, que quería ser feliz cerca de su familia, que ellos la amaban. No sabía como decirle que eso no era verdad, que si ellos la amaran la dejarían ser feliz a mi lado, que sólo yo podía hacerla feliz, que soy el hombre de su vida y siempre lo seré.
No entraba en razón, me desesperaba que no viera la realidad, que no entendiera mi amor. Empecé a ponerme muy nervioso, la situación me superaba, esto no era lo que habíamos planeado. Debía llevarme a Celia lejos, debía lograr que fuésemos felices. Sólo quería que me escuchara, que mis palabras penetraran su pensar. Ella no paraba de gritar, de balbucear entre lágrimas.
La tomé fuertemente del brazo -Necesito que me escuche- pensé. La sacudí hasta que se detuvo, paró en seco y sus ojos se posaron en mi. Parecía un venado, sus ojos almendrados se llenaron de miedo, no quería que me mirara así. Estaba furioso, ella estaba arruinándolo todo, sólo quería que parara, así que la empujé. La empujé tan fuerte como mi cuerpo me lo permitió. Su cabeza golpeó la mesada de la cocina y su cuerpo cayó inconsciente al suelo.
Mi mundo se detuvo. Creo que una eternidad pasó mientras miraba el cuerpo de Celia en el piso de mi cocina. Estaba paralizado, no recordaba cómo lograr que mi cuerpo se moviera. Hasta que finalmente lo hice. Me acerqué a ella, quise sentir su respiración, pero sin importar que tan cerca de su nariz estuviese... ella ya no respiraba. Ella ya no vivía, ya no me sonreiría, ni me miraría.
El miedo me invadió. ¿Qué haría? No podía pedir ayuda, ni ambulancias, ni policías, menos su familia. No podía contarle a nadie. Tenia que sacarla de allí. Tomé una manta, y envolví con ella su cuerpo. Tomé su mochila y me cargué el cuerpo de Celia al hombro. Salí por la puerta trasera de mi casa, nunca me verían. Caminé hacia el norte, donde hay mucha vegetación, árboles, arbustos. Caminé unos 200 metros hasta que me topé con un aljibe. No parecía la mejor idea, pero era la única en el momento. Arrojé su cuerpo dentro del aljibe, también su mochila. Recé porque me perdonara, deseé con todas mis fuerzas que me siguiera amando.
Lloré mientras volvía a casa. Sentí dolor, culpa, y un inmenso vacío en mi alma. Celia era lo mejor de mi vida.
No dormí en toda la noche. Pensé en qué haría, si escapar, si quedarme, si entregarme, o si morir para reunirme con mi Celia. No tuve mucho tiempo para seguir reflexionando sobre mi futuro. A primera hora del día siguiente sonó el timbre.
Era la policía.
-Bichu
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