No es que no lo quisiera, lo quería. Pero me asfixiaba, me
llamaba… me amaba. ¿Habrá sido su amor lo que me alejo? Me asusta sentirme
querida, imagínate sentirme amada.
Para él asfixiar tenía su lado bueno. ¡¿Qué bueno puede
haber en asfixiar a alguien?! La discusión era siempre la misma. Yo no quiero
tus expectativas, amor. “Pero vos sos mía.” Linda forma de enterarme que soy tu
propiedad. Los reclamos, los gritos, esa discusión que él siempre tenía en la
punta de la lengua; y que después de los primeros meses juntos, dejé de
ignorar. Su forma de amar era agobiante. Y a mí ya no me servía la pasividad.
Ese veneno dentro de él se me contagiaba. Siempre tenía ganas de pelear, lo
confrontaba la misma cantidad de veces que él me confrontaba a mí. No dejaba
pasar un comentario, una mirada. Sólo quería que se cansara de pelear, o
¿estaba buscando una excusa para dejar...lo?
Ese día nuestra pelea se fue de las manos. Peleábamos sobre
mi libertad. “La libertad no existe cuando uno está en pareja” Auch. Si existe. Dame lo que me corresponde. “¿Libertad,
para que me seas infiel?” Jamás, no había pensado en esa posibilidad. Más bien
imaginaba mi libertad sentada con un whisky y un atado de cigarrillos lejos de
casa, lejos de él. Su agresividad crecía, sus ojos se oscurecían. Nunca le tuve
miedo, nunca hasta ese día. Creo que lo que más me asustaba de él, era lo que
sacaba de mí. Su brazo tomó fuertemente el mío y me acercó a él. Era su forma
de marcar su territorio, de declarar lo que era suyo. Siempre pensó que no me
opondría a ser “suya”. Me llamo de muchas formas, las gritaba. Cosas hirientes
salían de su boca… pero a mí no me herían, ese hombre me había congelado el
corazón. Mi mano encontró su cara, se merecía ese cachetazo. Creo que por un
momento no entendió que sucedía, pero cuando lo hizo… uf. Me empujó alejándolo de él. No es que fuese
tan fuerte, pero me deje caer en el suelo, con mis ojos pegados a los de él. Me
levanté para tomar mi cartera, un encendedor, y me dirigí a la puerta.
No nos dijimos más nada y aún así terminé sin aire, le había
advertido que me asfixiaba, pero no me escuchó. Los dos sabíamos que no había
nada más, y antes de irme solté un “No me jodas, amor”.
-Bichu